Joaquin Trincado MBALANZA NÚM. 72 (Diciembre 15 de 1935)

CRÓNICA DE LA ENFERMEDAD Y DESENCARNACIÓN DEL MAESTRO

El jueves 28 de noviembre sintió una ligera indisposición, a la que no  prestó mayor atención. La maestra, en su presentimiento de que era grave y a pesar de él oponerse, llamó al médico, quien diagnosticó una congestión pulmonar como consecuencia de la gripe adquirida en su viaje de regreso de Los Franciscos a Buenos Aires el día 1º de Noviembre, a causa del brusco cambio de temperatura, accidente al que él no quiso asignarle la debida importancia.

 

En los días siguientes la mejoría era muy lenta, aunque el pulmón (derecho) descongestionaba rápidamente.

El Maestro sufrió un recrudecimiento en la miocarditis que le había afectado debido a una crónica bronquitis y al trabajo que con un solo pulmón había efectuado el corazón.

Pasó una noche agitadísimo. Esa quizá, era la hora de su desencarnación, pero la unión de pensamientos y la angustia de sus familiares le detuvieron.

El miércoles celebrose junta médica, el Dr. Melamedoff, amigo de la casa, diagnosticó como el médico de cabecera, “Caso gravísimo aunque no necesariamente fatal”; de la misma manera aseguró el Dr. A. Zunini.

El miércoles y el jueves experimentó notable mejoría hasta el viernes, llenando a todos de esperanza, de la que él no participaba, como lo deja entrever en reflexiones y advertencias breves e intencionadas en las que se traslucía el deseo de tener sobre aviso sin impresionar a los suyos.

El viernes, sus familiares presentían la gravedad de su estado, que él no manifestaba. En la sesión se nos advirtió que el mal era grave, pero no necesariamente fatal. Así lo notificó el médico de cabecera Dr. Adolfo Panigazzo, quien temía solo que se produjese un sincope cardiaco a causa de la afección del corazón, pero confiaba en la fortaleza del enfermo y en lo bien conservada de su materia, a pesar de los muchos años. Por la tarde, al notar que su pulso temblaba algo por la agitación dijo: “Si yo tuviera que quedar enfermo o debilitado no quiero quedarme aquí”.

A los 22 y 25 minutos dijo a la Maestra que deseaba salir al W.C., a lo que ella se opuso y por fin accedió a no salir. Cuando hubo evacuado quiso seguir sentado en el sillón en que había pasado lo más de su enfermedad, pero su cuerpo se doblaba y hubo necesidad de transportarlo al lecho donde aun intentó ir por sus propios pies. Tendido en él musitó unas palabras y dirigió una mirada dulce a todos sus hijos, personal de la casa y al hermano Mariano Murillo, que fue quien con su hijo Juan, le condujo al lecho.

La Maestra desesperadamente daba oxigeno, pero él en un suspiro partió sin un estertor, sin una nausea, sin un gesto. Eran las 22:30 minutos.

A la huella del dolor que se sentaba en su rostro al momento de desencarnar la sucedió una serenidad placida que hasta marcaba en sus labios el amanecer de una sonrisa.

De inmediato se levantó del salón de sesiones la capilla ardiente de severa sencillez, cubriendo el féretro la Bandera Universal, creada por él, y a la cabecera se leía la siguiente inscripción: “Súmmum Sapientae Doloris Súmmum”, que por su masónica de Gran Maestro le correspondía doblemente con sus insignias.

Luego de los familiares, y a pesar de lo inesperado de la noticia, empezaron a desfilar las comisiones, adherentes y simpatizantes, gente de todas las clases sociales, unas venidas por la amistad y otras por la gratitud y reconocimiento de sus bondades, los que han convivido con él de cerca muchos años podemos afirmar que nadie que a él se acerco buscando consejo, consuelo, enseñanzas y ayuda pecuniaria, nadie, nadie salió sin ser ayudado.

Durante, estuvo en el lugar donde tantísimas enseñanzas esparció en 25 años; donde tantos miles de seres recibieron la luz necesaria para caminar de frente sin dar lugar a salientes que manchan la dignidad y la moral; evitando en muchos casos la desunión de seres que se cobijaban en el mismo hogar, suicidios e infinitas otras calamidades que es obvio enumerar; donde recibieron fortalezas para sobrellevar las duras vicisitudes de la vida propias del desconocimiento de lo que ella es. Fue muy acompañado; y hasta los duros de corazón, los que por varias causas no han llorado al saber la desaparición de sus PADRES, sus seres más queridos, gruesas lágrimas surcaron sus rostros más de una vez. Antes de cerrar el féretro todos los presentes desfilaron ante el depositando en su frente un amoroso beso de gratitud y respeto.

A las 16:10 del día 7 sale el féretro de la capilla con su cortejo numeroso y además del torrente de lagrimas de sus admiradores, gruesas gotas de agua anuncian el dolor de la naturaleza dando el pésame a los familiares, las que disminuyeron en espesor, quedando una lluvia fina que duró hasta el momento de depositar el ataúd en la tierra. “Oh madre naturaleza que nada olvidas ni perdonas”. Razón tenía Schopenhauer cuando dice: “De nada te inmutas, pero a tu sentimiento, aun no hemos llegado los hombres”.

A pesar de no haberse podido avisar a nadie del deceso siquiera tener conocimiento de la enfermedad a muchos de sus allegados, la concurrencia era tal que no fueron suficientes los coches pedidos y hubo muchos que los tomaron en alquiler son contra los que acompañaron en sus carruajes y los muchos que esperaban en el peristilo de la necrópolis.

Las quejas por teléfono han sido muchas por no ser notificados manifestando su pesar de no haber podido acompañar al que tanto debían unos y amaban otros, la pérdida del consejero, del sabio y amante de todos, causo unánime pesar.

Durante la enfermedad fue unánime la unidad de pensamientos entre los adherentes de la Escuela, por lo que a unos y a otros les queda agradecida su dolorida, celosa y amante esposa, lo mismo que sus hijos, deseando al mismo tiempo sean provechosas a la humanidad las enseñanzas que deja el que tantas lagrimas de gratitud y respeto recogió al finalizar su existencia.

En el momento de depositar sus restos en la tierra, el hermano Félix Corso, dio lectura al discurso escrito por él y que publicamos a continuación:

DISCURSO DEL HNO. CORSO EN EL MOMENTO DEL SEPELIO

Ha rendido su tributo. Ha cumplido su misión dejando el ejemplo luminoso de su laboriosidad, honradez e idealismo. Cumplido lo inevitable, lo fatal, el dolor embarga el corazón y solo un esfuerzo sobrehumano puede contener el llanto.

La única forma de rendir el merecido culto a su memoria, es continuando la práctica de acercamiento a sus elevados ideales y seguir la trayectoria de sus edificantes máximas  y preceptos. Como solido pedestal de su obra, nos deja su sabia doctrina; como ejemplo de conducta, sus innúmeros sacrificios.

Empecemos desde este momento a reflexionar acerca de sus virtudes, valeroso y tesonero, teniendo siempre por Norte su iluminada misión; no hubo obstáculo capaz de torcer su ruta. Lucho reciamente contra todas las adversidades: la miseria llamo a sus puertas, le sonrió cara a cara. La calumnia quiso morder sus flancos y se mellaron sus dientes en la granítica entereza de sus puros ideales. Fue un perfecto caballero; peleó frente a frente con una nobleza que irradiaba siempre el temple de su espíritu. Combatió con altura el error, respetando las personas; no sabía de rencores, odios, venganza, presentando en el marco de su austera filosofía; el amor al prójimo, su divisa; la razón severa, su dama; la ética, su corcel.

Varón sapiente, fue bálsamo en el dolor de sus semejantes, y consejo paternal en la discordia dulce y enérgico; tenía todos los atributos de un patriarca de la buena causa.

Absorbido por completo en las agotadoras tareas de su doctrina, tuvo que sustraer tiempo a las horas para que estas le arrebataran tiempo de vida. Jamás le rindió el cansancio; nunca el contratiempo más grande pudo ocasionarle el más mínimo desaliento. Ecuánime y sereno seguía su destino ungido en la importancia y gravedad de sus deberes, inculcando en los demás la confianza en el propio esfuerzo y la necesidad de someter la conducta a la recta disciplina de la moral y el honor.

Ha pasado por la vida como un buen sembrador, que nada esperaba para él, porque él nada necesitaba recoger, pero esforzándose en aprovechar el tiempo aceleradamente, porque era mucho lo que tenía que decir a sus hermanos y era muy dilatado el campo de sus enseñanzas. Su vida no bastaba para completar su inmensa labor, y tenía que conformarse con dejar los cimientos del vasto edificio, de cuyos planos era portadora su gran alma.

Amado Maestro: en nombre de los que tanto te han querido y te siguen queriendo; en nombre de los que contribuirán a que se perpetúe tu recuerdo, siguiendo tu doctrina, recibe el último tributo que nos es dado hacer cariñosamente a tu materia; flores, lagrimas y sincero dolor que tienen el consuelo de no ser desesperados.

Félix Corso.